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¿Cuál es la diferencia entre oír y escuchar?

¿Has oído alguna vez la expresión “por un oído te entra y por otro te sale”? ¿O… “he perdido el hilo de la conversación”? Hay ocasiones en las que, cuando nos hablan, oímos las palabras pero no somos capaces de darle un sentido a lo que la persona ha querido decir. 

Podríamos compararlo, por ejemplo, con escuchar una conversación en otro idioma: oímos los sonidos y las palabras pero no comprendemos su significado. Ya sea por no prestar atención o por distraernos con otros pensamientos o cosas que están pasando a nuestro alrededor, esta situación se da muy a menudo. 

Pero… ¿por qué sucede esto? ¿En qué reside la diferencia entre oír y escuchar? Podemos verlo más claro si separamos los dos conceptos que participan en una conversación.

Dos procesos diferentes de la comunicación

Para empezar, debemos tener claro que oír y escuchar son 2 procesos diferentes que forman parte de la comunicación. Así actúa cada uno de ellos:

  • Oír es la facultad sensorial para lograr la percepción de las ondas sonoras. Se trata de una acción pasiva que depende de la condición física de los oídos. Cualquier estímulo sonoro interno o externo es percibido involuntariamente por una persona oyente. La audición es una función fisiológica que depende únicamente del buen funcionamiento de los oídos. 

  • Por otro lado, escuchar no requiere exclusivamente del sistema auditivo, sino que es un proceso que ocurre en el cerebro. La acción de escuchar consiste en tomar la información percibida por el sistema auditivo, reconocerla, procesarla, identificarla y darle un sentido. Para poder hacerlo, es necesario prestar atención a lo que se oye, y cierto grado de concentración y esfuerzo. Intervienen funciones cognitivas como la atención, la memoria, la comprensión y el aprendizaje. También dependerá del estado físico del oído.

Es decir, podemos oír el ruido de la ciudad de forma general, y también podemos enfocar la atención y escuchar diferenciadamente el canto de un pájaro, los ruidos de motor de los coches, una botella que se tira al contenedor de vidrio o los aspersores de riego del jardín.

“¿Sabías que… el oído funciona sin descanso durante las 24 horas del día, incluso cuando dormimos? “

Escuchar es un acto voluntario, lo que significa que debe haber intencionalidad por parte del sujeto. En otras palabras, podemos elegir entre escuchar o no, como si de un botón que podemos activar y desactivar se tratase. ¿Te acuerdas cuando estabas en clase y no te interesaba lo que estaba contando el profesor? En este caso no le escuchabas, aunque sí le oías. 

Por ello, no sería correcto decir que hemos escuchado un disparo, petardo, o claxon, sino que lo hemos oído, ya que no hay manera de anticiparlo, es un acto involuntario que no requiere enfocar la atención y que no podemos elegir no oír. 

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Al escuchar, también se separan y distinguen las partes útiles o que consideramos relevantes de los estímulos sonoros. Dicho de otra forma, podemos separar el ruido de las palabras de nuestro interlocutor. Por eso, al estar en un restaurante o sitio aglomerado, podremos centrar nuestra atención a la conversación con nuestro acompañante, aunque de fondo se oigan otros sonidos. 

¡Saber escuchar es un proceso fundamental para una comunicación eficaz!

Dar sentido a lo que oímos es algo complejo, y muchos síndromes como los del espectro autista o personas con ADHD (Síndrome de Déficit de Atención) tendrán problemas para reconocer cuando un mensaje es sarcástico o cómico o para concentrarse durante un tiempo prolongado. No se trata de que la persona con uno de estos síndromes te está ignorando o tiene un problema de audición. Ha recibido el estímulo sonoro, pero no lo ha escuchado, como si no lo hubiese percibido en absoluto. 

¿Qué nos hace perder la atención o dejar de escuchar? 

Las principales causas que provocan que desconectemos de una clase o charla a la que tenemos que prestar atención son el cansancio y la pérdida de interés. Si algo nos aburre, no nos resultará fácil concentrarnos en ello durante un tiempo prolongado. 

¿Sabías que un niño de 10 años tiene una capacidad de atención continuada de entre 20 y 30 minutos al día, mientras que para los adultos este plazo es de hasta 90 minutos?

Esta no es una estimación exacta y hay estudios que afirman que la atención durante una ponencia es óptima durante los primeros 20 minutos, tras lo cual empieza a decaer. Los mejores conferenciantes lo saben, por eso concentran los puntos clave al inicio de su discurso, y tratan de no alargarse para no aburrir al público.

Con el auge de la era de la tecnología y las redes sociales, cada vez se reducen más los ciclos de atención de las personas, acostumbradas a contenido rápido y gratificación inmediata. Asimismo, en el sistema de enseñanza, resulta un auténtico desafío que los estudiantes mantengan la concentración, escuchen y no oigan meramente. 

Como dijo Confucio, “Dime algo y lo olvidaré, enséñame algo y lo recordaré, hazme partícipe de algo y lo aprenderé! 

Por ello, muchos docentes familiarizados con los ciclos de atención están organizando los contenidos impartidos en las aulas en bloques que no superen los 20 minutos, invirtiendo el resto del tiempo en implicar a los alumnos en actividades prácticas que afianzan lo explicado o en descansar, para optimizar el aprendizaje. Puedes averiguar más acerca de esto pinchando aquí.

Si quieres entrenar tu capacidad de concentración, te dejamos a continuación algunas claves que te ayudarán a mantener la atención durante más tiempo y mejorar tu productividad:

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